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Helen
Groome
Doctora en Geografía.
Técnico en temas agroalimentarios del sindicato EHNE.
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El desarrollo de los organismos modificados o manipulados genéticamente o "transgénicos" en su acepción más coloquial, ha provocado una polémica a escala mundial. Para las transnacionales y gobiernos que apoyan esta tecnología, el futuro será un paraíso sin plagas y con rendimientos agrícolas extraordinarios.
Las tesis de los grupos contrarios a la ingeniería genética han calado entre la población consumidora más informada y exigente del mundo: la europea, que parece menos dispuesta a aceptar los alimentos transgénicos que sus gobernantes.
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Un alimento transgénico se produce por ingeniería genética, ciencia que investiga la composición y funcionamiento genético de los seres vivos para luego aplicar este conocimiento en algún sector, como la agricultura. Por ejemplo, identifica qué información genética hace a determinado pez resistente al frío, procura extraer dicha información del pez e incorporarla a, por ejemplo, un tomate, para que éste también resista al frío; dicho tomate sería transgénico. No toda la comunidad científica comparte las hipótesis básicas de este tipo de aplicación de la ingeniería genética.
Hay experimentos genéticos con todos los cultivos importantes: trigo, patata, maíz... principalmente para lograr resistencias a herbicidas y plagas.
La euforia de las empresas promotoras de estos cultivos influyó claramente en la acogida inicial de los agricultores a los mismos. Así, según datos de las propias empresas, la superficie sembrada con transgénicos alcanzó los 39.9 millones de hectáreas en 1999. No obstante, la euforia inicial se ha reemplazado por una actitud más analítica entre los agricultores acerca de las ventajas y desventajas de estos cultivos. Ni se siembra el 100% de la superficie cultivable con transgénicos, como pronosticaron las empresas, ni se mantiene el ritmo de incorporación de hectáreas a ellos. No hay constancia de su cultivo en la CAPV y, de las 800 a 2000 hectáreas sembradas inicialmente en Navarra, ya no se siembra prácticamente nada.
Esto es fruto de la reacción de la población consumidora al saber que estos cultivos no están suficientemente controlados, ni conocidos sus impactos en la salud humana, el medio ambiente, la economía agraria, etc. El hecho de que del 100% del presupuesto dedicado a la ingeniería genética agraria, solamente el 1% se dedique a investigar sus riesgos, es significativo. Por todo esto, la población consumidora empieza a exigir mayor control y, de hecho, ha votado con su bolsillo, ya que muchas personas intentan evitar comprar transgénicos. En consecuencia, la industria agroalimentaria empieza a buscar fuentes no transgénicas e incide así en el comportamiento de los agricultores.

El tiempo está demostrando por qué había que tener tanta precaución:
- Muchos agricultores han obtenido menores rendimientos que con cultivos convencionales, e incluso menores posibilidades comerciales. Por su obstinada insistencia en mezclar cosechas transgénicas y convencionales, las exportaciones estadounidenses de soja a la UE bajaron de 11 a 6 millones de toneladas entre 1998 y 1999, y las de maíz de 2 millones a solamente 137.000 toneladas.
- La investigación científica empieza a confirmar riesgos como la transferencia horizontal de información genética o la contaminación genética.
- La falta de control es también patente: miles de hectáreas fueron sembradas equivocadamente con colza transgénica en la UE; se encuentra polen transgénico en miel en Inglaterra; remolacha transgénica experimental mezclada por error con remolacha convencional entró en la cadena alimentaria holandesa...
Se quiere reformar la escasa legislación que existe en Europa sobre ingeniería genética, enfrentándose las empresas promotoras de la ingeniería genética –quienes, a pesar de todo, quieren menos controles– con amplios sectores sociales que exigen mayor control y protección.
Mientras, la Unión Europea adopta una moratoria (prohibición cautelar) sobre nuevos cultivos. El Gobierno Vasco apoya dicha moratoria, aunque, aparentemente, sus competencias solamente le permiten actuar sobre experimentos. Otras instancias están protegiéndose con moratorias particulares: las autoridades encargadas de los comedores escolares en determinadas regiones de Europa, exigen garantías para que las comidas ofrecidas a la población escolar estén libres de transgénicos.
Las empresas de ingeniería genética han hecho mucho hincapié en la idea de que los alimentos transgénicos ayudarán a eliminar el hambre en el mundo. Pero:
- El 82% de la superficie sembrada con maíz y soja está destinada principalmente a alimentación ganadera, y la población hambrienta del mundo no suele acceder a productos ganaderos.
- La FAO (Organización para la agricultura y la alimentación, dependiente de Naciones Unidas) reconoce que el hambre se debe principalmente a la falta de acceso a alimentos y no a su escasez mundial.
- Los cultivos transgénicos seguirán reemplazando a cultivos locales en los países del Sur y se orientarán hacia la exportación.
La agricultura convencional tiene problemas, pero por solventarlos no se deben crear otros nuevos. Sería aconsejable reorientar la agricultura para garantizar prácticas más equitativas en términos ambientales y sociales. Hay que minimizar el control tecnológico de las empresas que orientan la agricultura a lograr máximos beneficios, ya que nuestra alimentación debe regirse por otros criterios.
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