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Hemos de analizar nuestro estilo de vida para buscar la forma de reducir los desperdicios innecesarios de alimentos y de envases.
La dieta debe ser equilibrada y basarse en especies que se encuentran en lo más bajo de la cadena alimentaria (frutas, verduras, legumbres...), reduciendo el consumo de carne. Esto no sólo ahorra dinero y energía, sino que disminuye el riesgo de contraer enfermedades cardiovasculares al reducir el consumo de grasas animales. Con ello contribuiremos también a que haya una menor contaminación del agua y del aire, a evitar la deforestación y la erosión del suelo producidas por el sobrepastoreo, la consecuente extinción de las especies que vivían en los bosques y las emisiones de gases invernadero, como el metano producido por el ganado.
Es conveniente que en la escuela se piense en el impacto de las comidas rápidas. Las multinacionales de las hamburguesas y pizzas nos incitan a consumir y a producir muchos residuos. En estos establecimientos las vajillas son de plástico y van a la basura con un solo uso. Es más voluminoso lo que tiramos que lo que comemos.
La escuela se puede implicar en la producción de sus propios alimentos. Un huerto escolar, además de ser una experiencia didáctica muy interesante, también puede ser una vía para cambiar los hábitos alimenticios del alumnado y para reducir los impactos ambientales del comedor del centro.
En el huerto escolar se pueden utilizar técnicas de cultivo sostenibles: la utilización racional del agua, el compostaje de los residuos orgánicos de la huerta y del comedor, que posteriormente pueden ser utilizados como abono. Hay que intentar que los alimentos no tengan residuos de fertilizantes y plaguicidas. Las verduras cultivadas por métodos orgánicos pueden no ser tan vistosas como las producidas por la agricultura convencional, pero son más saludables.
La puesta en práctica de medidas que ayuden a que nuestra alimentación sea más sostenible requiere una campaña de concienciación de todos los componentes del centro escolar.
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