Declaración
Institucional de compromiso democrático con el cumplimiento
y respeto del Pacto Estatutario en su integridad
La aprobación del Estatuto de Gernika,
el 25 de octubre de 1979, supuso el acto constituyente del
País Vasco moderno como comunidad política,
y por lo tanto un hito destacado de toda nuestra historia.
La mayoría de la ciudadanía
vasca respaldó, entonces, un Estatuto que constituía
la expresión de la nacionalidad del Pueblo Vasco
o Euskal-Herria y su norma institucional básica de
autogobierno. El marco institucional que diseñaba el Estatuto
de Gernika, tenía la virtualidad de recuperar nuestras
Instituciones históricas de autogobierno, dotar formalmente
al País de unas notables capacidades de actuación,
y de plantear todo ello, con expresa reserva de los derechos
históricos y de nuevas posibilidades futuras de actualización
de los mismos, a través de su Disposición
Adicional.
La pluralidad esencial de la sociedad vasca
se manifestaba entonces en forma de un pluralismo razonable,
en el que las diversas concepciones políticas e ideológicas,
sin ocultar sus visiones de fondo divergentes, conseguían
cristalizar en un consenso entrecruzado de las mismas. Un
punto de encuentro representado por un marco institucional
común en el que, además de unos determinados
contenidos competenciales, se contemplaba una potencialidad
de realización de todos los proyectos políticos
a partir de la actualización y/o modificación
del Pacto Estatutario, en función de que se alcanzasen
en el futuro las mayorías necesarias para ello.
A partir de aquel acto constituyente y, sobre
todo a principios de la década de los ochenta, asistimos
a un proceso de transformaciones institucionales y de transferencias
competenciales que nos han dotado de un significativo cuadro
de políticas e instrumentos de actuación.
Es preciso reconocer que se consiguió un resultado
estimable en esa carrera contra el tiempo por reconstruir
un nuevo autogobierno desde la nada, después del
largo periodo histórico de pérdida de las
libertades. Como es igualmente notable, la contribución
que ese marco de autogobierno y esas renovadas Instituciones,
han realizado para afrontar las adversas circunstancias
económicas y sociales que Euskadi ha tenido que superar
hasta alcanzar el encomiable nivel de progreso económico
y bienestar social que actualmente disfruta. En términos
económicos y sociales, es imposible imaginar la Euskadi
real de hoy sin las Instituciones derivadas del Estatuto
de Gernika.
Sin embargo, aquél rápido
desarrollo institucional de la primera etapa pronto se reveló
que no estaba exento de dificultades y, de hecho, puede
decirse que entró en franca crisis al final de la
década de los ochenta; crisis que no ha hecho más
que agudizarse y que, en buena medida, es la responsable
de que aquel consenso básico de partida para la convivencia,
que representó el Pacto Estatutario, se haya ido
convirtiendo en un punto de encuentro cada vez más
difuso y más etéreo.
Primero, fue la presión uniformadora
y los efectos homogeneizadores de los pactos autonómicos
de 1981 y la LOAPA que, si bien fue declarada inconstitucional,
no ha dejado de surtir efectos hasta nuestros días,
mediante la aprobación unilateral de leyes básicas
y la judicialización del ejercicio del autogobierno
que han convertido, de hecho, en muchas ocasiones a nuestras
instituciones, en "instituciones flotantes", poniendo en
riesgo el nivel competencial asumido, e incluso, el propio
Concierto Económico.
Luego, ha tenido lugar la parálisis
de los traspasos de servicios durante largos años, a pesar
de que el bloque competencial pendiente de transferir sigue
siendo de enorme trascendencia. La reacción de las
Instituciones vascas ha sido, también, en sí
misma, toda una señal de alarma: "completar el Estatuto
de Gernika se empieza a convertir en un problema estructural"
se decía en el informe sobre transferencias del Gobierno
que, para asombro de propios y extraños
Más aún, desde entonces las
cosas han empeorado de forma notable; las crecientes interpretaciones
restrictivas del autogobierno realizadas por los tribunales
no sólo continuaron, sino que alcanzaron expresiones
tan notables como la de la sentencia sobre carreteras que,
con asombrosa ligereza, niega de hecho uno de los elementos
más esenciales del núcleo intangible de la
foralidad.
Finalmente, todo ello ha acabado entrecruzándose
con declaraciones que, no sólo afirman que el proceso
de transferencias ha concluido, sino que, anuncian, incluso,
nuevos intentos armonizadores en el ejercicio de las competencias
ya asumidas.
Nada produce tanta desazón como constatar
la impunidad con la que se incumplen las leyes, máxime
de aquellas que merecieron la aprobación directa
de la mayoría de la ciudadanía vasca y que
despertaron una esperanza de identificación con el
nuevo marco político. Nada invita tanto a la desafección
hacia el bloque de constitucionalidad como la constatación
de que se ha ido desvirtuando el modelo inicial reconocedor
de los hechos diferenciales y de la identidad plurinacional
del Estado, para acabar desembocando en un modelo de sano
regionalismo. Nada desalienta tanto como la comprobación
permanente de que el ejercicio competencial se subordina
a intereses políticos coyunturales, paradigma de
comportamiento que queda perfectamente ilustrado con el
reciente caso de Hobetuz y la formación continua.
Pero este análisis no es nuevo. El
propio Parlamento Vasco, con ocasión del Informe
de Prioridades y Transferencias presentado el 20 de octubre
de 1995, valoró unánimemente las negativas
consecuencias políticas, sociales, económicas
y jurídicas que se derivaban del incumplimiento del
Pacto Estatutario.
Preocupación ya puesta de manifiesto
en 1.988, en el propio Acuerdo de Ajuria-Enea, en el que
todos los partidos políticos firmantes del mismo,
nos comprometimos a desarrollar el Estatuto en su plenitud,
de conformidad con los principios que lo inspiraron y respetando
su singularidad. El citado Acuerdo reconocía, ya
entonces, que debe ser la voluntad mayoritaria del Pueblo
Vasco, a través de sus representantes legítimos,
quien debe juzgar en cada momento la validez e invalidez
del Estatuto, como instrumento de autogobierno, estando
legitimado el mismo Pueblo para reivindicar cualquier derecho
que le pudiera corresponder, de acuerdo con las disposiciones
adicionales Primera de la Constitución y Unica del
Estatuto. En consecuencia, sólo desde una falta de
visión y de responsabilidad política se puede
pretender prolongar la actual situación como si respondiera
a la normalidad; pretender, en definitiva, que sigamos otros
quince o veinte años en esa especie de ficción de
historia interminable de un proceso que de hecho se da por
concluido.
En una sociedad democrática, las personas,
celosas guardianas de su libertad, no rinden tributo a ninguna
pertenencia orgánica, a ningún orden, que
no cuente con su consentimiento. Y, precisamente por esa
misma razón, cuando, prestado su consentimiento,
ven burlada su voluntad, se corre el grave riesgo de que
dejen de creer en las Instituciones, y de que éstas,
perdida su legitimidad, se disgreguen de forma irremediable.
Por eso, más allá de huecas
palabras de apoyo que no se traducen en voluntad política
alguna, urge devolver toda su virtualidad a aquél
espíritu de consenso sobre el Estatuto, logrado en
1979. En realidad es la tarea más urgente de todas
las que hoy puedan abordarse en el País Vasco, por
la sencilla razón de que, si el intento de recuperar
este consenso acaba resultando fallido y suscita la frustración
y la desafección de muchos de los que en su día
lo apoyaron, no hay garantía alguna de que cualquier
otro nuevo consenso sea posible.
Tanto los que consideran al Estatuto como
un instrumento de descentralización administrativa
del Estado, -y por ello no comparten el entusiasmo por su
desarrollo potencial-, como los que lo juzgan como un marco
abierto cuyo desarrollo permite profundizar en la identidad
nacional del Pueblo Vasco, deben comprender que sólo
desde el escrupuloso respeto a su letra, a su espíritu
y a sus potencialidades intrínsecas, se podrá
plantear un futuro de convivencia política para todos
los vascos.
El verdadero punto de encuentro reside en
su interpretación como un marco institucional común
que permita que todos los proyectos políticos puedan
ser defendidos y, en su caso, materializados, en igualdad
de condiciones, utilizando, única y exclusivamente,
las vías pacíficas y democráticas.
Este es el compromiso que asumieron muchos de quienes dieron
su apoyo al Estatuto de Gernika.
Porque, no respeta la legitimidad democrática
de los vascos quien no reconoce y no se compromete con el
cumplimiento del Estatuto en su integridad como pacto político
entre Euskadi y el Estado, como tampoco respeta la legitimidad
democrática quien exige que el Pueblo Vasco renuncie
a las opciones de cambio y de modificación del mismo,
a través del desarrollo de su Disposición
Adicional, en función de que se alcancen las mayorías
necesarias para ello, de conformidad con las reglas al uso
en los sistemas democráticos avanzados.
Hemos vivido una reciente etapa política,
en la que hemos hecho un intento honesto y sincero, de buena
fe, para erradicar la violencia y ensanchar el consenso
político-institucional a los sectores que en su día
no se integraron en él.
Fue un intento que no tuvo el resultado
esperado, porque, lamentablemente, ETA se encargó
de frustrar, de nuevo, las esperanzas de Paz que habían
anidado en la sociedad vasca.
Desgraciadamente, el proceso de incomunicación
y de crispación política que se suscitó
a lo largo del período de tregua, y la posterior
vuelta al escenario de la violencia de ETA, han provocado
que las fuerzas políticas, en vez de reafirmar lo
que nos une, -el derecho a la vida-, hayamos acentuado nuestras
divergencias, utilizando como instrumentos de crítica
y de división todo tipo de argumentos políticos,
jurídicos y sociales.
La propia crisis del Estatuto que se ha venido
larvando en épocas pasadas, es la que ha hecho que
en ese periodo se haya tendido a su instrumentalización,
haciendo que toda nuestra construcción política,
actual o futura, estuviera subordinada a concepciones esencialistas
de distinto signo que, por tal carácter, son incompatibles
con un consenso entrecruzado de voluntades. Por un lado,
identificando democracia con Constitución, o para
ser más precisos, con una lectura interpretativa
reduccionista, unilateral y cerrada de la misma, fundamentada
en la indisolubilidad de una unidad preexistente y no como
resultado de la libre adhesión de los pueblos y nacionalidades
que configuran el Estado español como un estado plurinacional.
Por otro lado, identificando democracia con un proceso autodeterminista
ex novo, que guarda silencio sobre las bases políticas
que las propias decisiones mayoritarias de la ciudadanía
vasca han construido hasta la fecha.
Por ello, es el momento de volver a reafirmar
el compromiso con el Pacto Estatutario en su integridad,
no sólo en lo que hace referencia al cumplimiento
íntegro del marco de autogobierno que contempla,
a su haber competencial, sino como expresión de las
potencialidades que encierra para unir y dar cohesión
a la sociedad vasca, por lo que entraña de procedimiento
de construcción abierta de un consenso basado en
las libertades individuales. Es decir, como expresión
de la voluntad democrática de los ciudadanos y ciudadanas
vascas que debe manifestarse sin otros límites que
el de la igualdad de consideración y de respeto de
todos ellos a la hora de diseñar las instituciones políticas
presentes y futuras.
Hay que apelar, pues, a esa construcción
abierta del consenso político, con respeto y reconocimiento
a lo construido hasta ahora, en función de las decisiones
adoptadas en su día por la voluntad mayoritaria de
la sociedad vasca, y con respeto, también, a la adecuación
y actualización de ese consenso, en función
de las nuevas realidades y sensibilidades de hoy en día.
Reconocer, a este respecto, que unas y otras no son las
mismas de entonces, resulta casi una obviedad.
La nueva realidad que supone el proceso
de construcción europea y la globalización
económica sitúan a nuestro autogobierno ante
un escenario ni siquiera posible de vislumbrar en los lejanos
años setenta, al que debe adaptarse so pena de perder buena
parte de su virtualidad.
Por otro lado, las sensibilidades de hoy tampoco son las
mismas, porque aquella sociedad de finales de los setenta
tenía grandes deseos de cambio, pero no pudo evitar
que sus instituciones transpirasen también algunas
esencias de la larga etapa histórica que entonces
se cerraba.
Si desde las sensibilidades de hoy en día
se juzga que, a las puertas del siglo XXI, los proyectos
políticos deben construirse desde la libre adhesión
y no desde la imposición, ¿por qué no dejar
el juego de las ambigüedades e incorporar a nuestro consenso
entrecruzado el reconocimiento abierto de que el País
Vasco será lo que sus ciudadanos y ciudadanas libremente
decidan ser? ¿Qué hay de malo en ello?
Después de todo, ninguna sociedad
democrática puede admitir que haya miembros o colectivos
de la misma cuyas opciones políticas, planteadas
a través de cauces estrictamente democráticos,
sean consideradas irrealizables o imposibles, porque eso
negaría el principio de igual consideración
y respeto que constituye el fundamento de la libertad individual.
Es preciso encarar en todas sus consecuencias
las reflexiones anteriores, si queremos renovar el espíritu
que presidió la aprobación del Pacto Estatutario
y recuperarlo como instrumento abierto que permita el consenso
y la convivencia presente y futura, a partir de su complimiento
íntegro y del respeto a las opciones de cambio y
actualización del mismo. Para ello no contamos con
todo el tiempo del mundo, sino que el propio riesgo de deslegitimación
institucional nos reclama un esfuerzo y unos resultados
inmediatos.
Tenemos que ser capaces de compartir un
suelo, unos principios a partir de los cuales podamos avanzar
en la construcción de cualquier proyecto de convivencia.
El respeto a los derechos humanos y a las
libertades de todas las personas constituyen los principios
básicos, el compromiso ético fundamental,
sobre el cual edificar nuevos compromisos democráticos.
Y estos compromisos democráticos
se tienen que sustentar sobre dos bases:
Por este motivo, en la fecha de hoy, 25
de octubre de 2000, coincidiendo con el vigésimo
primer aniversario de la aprobación del Estatuto
de Gernika, como Lehendakari y máximo representante
institucional del Pueblo Vasco, considero preciso impulsar
un compromiso democrático con el cumplimiento y el
respeto del Pacto Estatutario en su integridad, a través
de la siguiente Declaración
DECLARACIóN INSTITUCIONAL
Desde el respeto democrático a lo
que hoy somos, a lo construido hasta ahora por la voluntad
de los vascos, como Lehendakari y máximo representante
de todos los hombres y mujeres que desean edificar un futuro
de paz, esperanza y progreso para este Pueblo,
DESEO MANIFESTAR QUE
EL RESPETO A LA LIBERTAD INDIVIDUAL de todos
y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas vascas, entraña
el respeto a la legitimidad democrática de los marcos
jurídico-políticos construidos mediante su
voluntad.
EL ESTATUTO DE GERNIKA, el Pacto Estatutario,
como expresión de la voluntad mayoritaria de la ciudadanía
vasca, supone uno de los referentes históricos más
significativos en la trayectoria de nuestro Pueblo para
ordenar nuestra convivencia y desarrollar nuestra identidad.
LA RECUPERACIóN Y ACTUALIZACIóN
DE LOS INSTRUMENTOS DE AUTOGOBIERNO, que ha posibilitado
su actual grado de desarrollo, ha contribuido significativamente
a la consecución de los niveles de progreso económico
y de bienestar social de que disfrutamos los ciudadanos
y ciudadanas vascas.
EL CUMPLIMIENTO INTEGRO Y URGENTE del Estatuto
de Gernika, de conformidad con los principios que lo inspiraron,
respetando su singularidad, y de acuerdo con la propia posición
manifestada por el Parlamento Vasco el 20 de octubre de
1995, resulta imprescindible para afrontar los desafíos
presentes y futuros de la sociedad vasca, como una sociedad
moderna, plural y avanzada que busca su bienestar en el
Concierto Europeo. No sólo porque es una exigencia
legal, sino porque es una exigencia de ética democrática.
LAS OPCIONES DE CAMBIO Y ACTUALIZACIóN
del Estatuto de Gernika deben ser, también, reconocidas
y respetadas como manifestación de la legitimidad
democrática de la sociedad vasca, en función
de que se alcancen las mayorías requeridas para ello.
En consecuencia, deseo exponer a la consideración
de la sociedad vasca y de sus representantes políticos
e institucionales, el siguiente
COMPROMISO DEMOCRATICO
PRIMERO:
"Construir nuestra convivencia en libertad desde el respeto
a la legitimidad democrática de lo que hoy somos
y de los marcos jurídico-políticos de los
que nos hemos dotado".
SEGUNDO:
"Reivindicar y exigir el cumplimiento íntegro
y urgente del Pacto Político ratificado por los vascos
en el Estatuto de Gernika, de conformida
TERCERO: "Reconocer
la legitimidad democrática de las opciones de cambio
y actualización de nuestro actual marco de autogobierno,
en función de que en la sociedad vasca se alcancen
las mayorías requeridas para ello, de conformidad
con las reglas y procedimientos de los sistemas democráticos.
Sobre estas premisas, sobre este triple
Compromiso Democrático, tenemos que ser capaces de
abrir una nueva etapa, tenemos que ser capaces de recuperar
el espíritu de consenso, de respeto y de tolerancia
mutua que presidió el Pacto Estatutario, y que cristalizó
en el Estatuto de Gernika. Sobre estas bases, en definitiva,
tenemos que ser capaces de alcanzar un punto de encuentro
para el siglo XXI. Un punto de encuentro entre los propios
vascos y entre Euskadi y el Estado español.
Un punto de encuentro que nos permita, como
decía la resolución del Parlamento Vasco aprobada
por mayoría absoluta el pasado 16 de junio de 2000,
"abordar futuros consensos básicos aún no
alcanzados en Euskadi".
Eskerrik asko danori.